Bitácora de viaje

El reto que me propongo parte de una vuelta de tuerca a la cocina como una labor femenina obligatoria a una labor de desenvolvimiento creativo, artístico, cosmopolita y placentero. No haré en esta página una apología de la cocina, porque hasta no hace mucho yo era una detractora de cocinar, pues la veía como una actividad servil y esclavizante.

Tras leer la novela Kitchen de la escritora japonesa Banana Yoshimoto, regresé gustosa a comprar especias, a mezclarlas y experimentar, hasta el punto de decidir que un bistec nunca volvería a saber a un simple bistec. Detesto lo que no enamora a la vista, al olfato y al gusto. En ese orden, porque no como a oscuras ni paso de largo un plato bien combinado no sólo en sabores sino en colores; olfateo la comida complacida si huele rico, y finalmente me llevo a la boca los bocados para aplastarlos despacio entre mi paladar y lengua.

Mikage, la narradora protagonista de Kitchen, dice: “Creo que la cocina es el lugar del mundo que más me gusta. En la cocina(...) no sufro. (...) Sólo estamos la cocina y yo. Pero creo que es mejor que pensar que en este mundo estoy yo sola.” Hoja tras hoja tuve la revelación de que no hay nada mejor para pasar el invierno afectivo y estacional que estar junto al calor constante de una estufa.

De la preparación y no sólo del degustar, está como ejemplo no tan remoto en la distancia del mundo oriental, pero si en la temporal nuestra décima musa Sor Juana Inés de la Cruz, quien lo mismo se daba tiempo para leer, escribir y hasta cocinar con la pasión del alquimista o del científico.

Mi meta, en concreto, es hacer un viaje por veinte ciudades, a partir de los videos de la colección Ciudades del Mundo que hace algunos años salió en los puestos de periódicos, en brillantes estuches rojos acompañados de un folletín . Una ciudad cada semana, a partir de la del 26 de abril y hasta la del 6 de septiembre, y preparar por lo menos uno de sus platillos tradicionales, sean estos entradas, platos fuertes, postres y bebidas. Un platillo o varios, según el tiempo con el que cuente, considerando mi trabajo en la universidad y mis compromisos familiares y personales.

Los libros de los que partiré para elaborar las recetas son La vuelta al mundo en 80 platillos de Larousse, que encontré rebajado en Samborns y la colección Cocina país por país que salió también hace un par de años en los puestos de revistas.

Los ingredientes del blog serán mis vivencias en la búsqueda de los ingredientes y en la preparación; junto a las referencias que mi cultura alcance sobre el cine, la literatura, la música y los lugares de interés en dichas ciudades, que no conoceré, por lo pronto, sino a través de los videos antes mencionados y sus sabores. No sé si podré escribir más de una vez por semana, pero seguro que iré ganando confianza con el paso del tiempo.

Los invito, sin más preambulos, a seguirme en este viaje a través del mundo con sus colores, olores, texturas, sonidos y, sobre todo, sus sabores; porque yo como Virginia Wolf, aún en este año de nacionalismo ramplón, prefiero ser una ciudadana del mundo.

Las veinte ciudades a visitar son Atenas, cuna de la civilización occidental; la exótica Bangkok; la moderna Barcelona y Madrid; el reunificado Berlín y Munich; el incierto Budapest; el quemante Cairo; mi picante Ciudad de México; el mágico Estambul; el vecino distante Estados Unidos de América, en particular Los Ángeles, Chicago y Nueva York; la tierra de Las mil y una noches, Fez y Marrakech; La paradisíaca Habana; la cuna de Vangoh, Holanda; París, la indiscutible y perene ciudad de la libertar, la igualdad y la fraternidad; Pekín, donde nace el sol; Praga, el terruño amado y odiado de Milan Kundera; Río de Janeiro, la ciudad del movimiento carnal y carnavalesco; Roma, el último imperio que anheló el poder absoluto sobre la tierra; San Petersburgo, donde la revolución hizo de sus palacios, museos; Tokio la patria de Banana Yoshimoto y Viena, la de la premio novel de literatura 2004, Elfriede Jelinek.

Martes 16 de noviembre de 2010

Garbanzo de a libra

Las últimas líneas de Rapsodia Gourmet, novela de una joven escritora y filosofa francesa, Muriel Barbery, , que devoré con placer hace una semana, son: “Comer no es la cuestión, tampoco vivir, sino saber por qué”. Comemos para vivir, dicen unos, y vivimos para comer, dicen otros. Lo primero remite a una necesidad vital y lo segundo a un placer que puede convertirse en vicio. Así que la respuesta está entre los unos y los otros, pues en el principio de los tiempos prevalecía la necesidad, pero ahora se impone el placer con la variedad de carnes, verduras, frutas, especias y recetas nacionales e internacionales que llegan a nuestras globalizadas mesas.

Comer o no comer, vivir o no vivir y “ser o no ser”, son las cuestiones vitales a las que apunta Barbery y Shakespeare. No somos amibas, así que no nos conformamos con vivir, comer, reproducirnos y morir; nos preguntamos por qué y nos afanamos en responderlo. Comemos, pues, por necesidad biológica primaria y por placer a nuestros sentidos y a nuestra hambre cultural. Mi hambre de mundo, a propósito, me llevó esta vez a las calcinantes tierras del Cairo, Egipto, a través de una sencilla sopa de garbanzo.

Con su aromático comino, su agridulce yogurt y su cilantro fresco, me viajaron a la Esfinge y la pirámide de Kefren; a la Ciudad de los Muertos con sus majestuosas tumbas de los califas; al anchuroso Nilo, río sagrado de los faraones que hoy baña a la metrópolis mezclada de una arquitectura occidental junto a tradicionales; a sus enigmáticas mezquitas; al embriagante mercado de las especias, donde el comino sobresale de un enormel costal; al impresionante Museo Egipcio con más de 120,00 piezas arqueológicas, y a los cafés, donde Nagub Mahfuz, premio nobel de literatura 1988, escribiera su saga familiar ambientada entre los años de 1917 y 1945: Entre dos palacios, El palacio del deseo y La azucarera.

El garbanzo es una leguminosa que aporta proteínas vegetales y minerales, como calcio y fosforo, pero, a pesar de esta riqueza, es poco usado en la comida mexicana. En Medio Oriente, por el contrario, es harto valorado, de ahí aquello de “Garbanzo de a libra” y de a libra egipcia. Cada cultura, me he dado cuenta en este tormentoso y convulso viaje culinario, tiene su o sus leguminosas y especias predilectas, pues lo demás son las carnes, las verduras y las frutas que todos conocemos. No obstante, lo mismo en México que en Egipto, después de visitar las pirámides, podemos comer garbanzos en el fondo de un ardiente consomé de barbacoa o una compota de garbanzo, humus, untado en pan árabe. En un lugar u otro, ¡Buen provecho!