Lunes 26 de abril de 2010
Aunque pensaba preparar sólo un platillo, ya al calor de las compras, en el limpio, ordenado y basto supermercado, donde uno encuentra “casi” todo o todo lo que anda buscando, decidí comprar negras berenjenas, lechuga fresca, aceitunas negras, jugosa carne de res, puerco, pollo y pescado, pepinos firmes, jocoque natural, verduras varias y un gran frasco de aceite de oliva, para preparar tres comidas completas, dos cenas y una tarta de nuez. Para completar el festín griego de la semana eché al rebozante carrito Humus (garbanzo molido y condimentado) y pitas (tortillas de harina más gruesas de lo habitual).
Aunque pensaba preparar sólo un platillo, ya al calor de las compras, en el limpio, ordenado y basto supermercado, donde uno encuentra “casi” todo o todo lo que anda buscando, decidí comprar negras berenjenas, lechuga fresca, aceitunas negras, jugosa carne de res, puerco, pollo y pescado, pepinos firmes, jocoque natural, verduras varias y un gran frasco de aceite de oliva, para preparar tres comidas completas, dos cenas y una tarta de nuez. Para completar el festín griego de la semana eché al rebozante carrito Humus (garbanzo molido y condimentado) y pitas (tortillas de harina más gruesas de lo habitual).
El lunes por la noche, sin mucho pensarlo, comencé la preparación de Moussaka (sabroso pastel de carne molida, berenjenas y especias), ensalada con Tzatziki (exquisito aderezo de pepinos y especias) y un té de yerbabuena. Cuando me senté a la mesa, tras varias horas de cortar, freír y cocinar, eran las 10:30 de la noche, me dolía la espalda y estaba hambrienta.
Mi esfuerzo culinario se vio saciado por mi hambre, pero menguado por los llanos comentarios y las alergias de mi esposo, quien hizo a un lado las berenjenas a la par que decía “Le dieron buen sabor a la carne, pero no me las puedo comer”. No contesté nada, pero me quedé trabada, pues las había puesto en sal durante una hora, las había lavado con abundante agua y las había freído de una por una con tesón, y ahora estaban ahí a un lado de su plato listas para dar un salto mortal al bote de la basura. Por un momento pensé en evitarlo comiéndomelas, pero no lo hice porque sabía que terminaría con un fuerte dolor de panza, cuando menos.
Tras tomar la decisión de no empacharme de deliciosas berenjenas, pensé en una amiga que no sabe ni quiere aprender a cocinar y que le prepara a su marido, sencillos y escuetos sándwiches aderezados alguna vez con un pelo que distraídamente cae de su larga cabellera. Pelo, dicho sea de paso y con mucha discreta indiscreción, casi es causal de divorcio, y yo aquí sobándome el lomo para que mi marido cene mi manjar griego como si se tratara de un sándwich que no se merecen ni un par de comentarios como “Te esmeraste” o “Que rico”. Nada, silencio. Me fui a dormir exhausta, con la panza llena, pero sin corazón contento, y un aliento a dragón por los dos dientes de ajo, las cebollas, el vinagre y la hiel que se me derramó.

