Pongamos que hablo de Madrid y Barcelona
Madrid, capital de la que un día fuera nuestra amada y odiada Madre Patria, se encuentra en el ombligo de España, hoy Desmadre Patria, tras su devastadora Guerra Civil y el lamentable castillo de la pureza de su larguísimo franquismo. No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, dice y dice bien la sabiduría popular. Ambos hechos con los que, si éramos partidarios de que nos debían el mucho dolor que nos propinó el encontronazo, la conquista y la colonia, nos pagaron ya con creces y lágrimas de sangre. “Españolito que vienes al mundo/te guarde, Dios/Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, sentenciaba el poeta Antonio Machado por boca de Juan Manuel Serrat.
Cuando se cumplieron quinientos años del descubrimiento, encuentro o encontronazo de América con el viejo continente, yo estaba en la Facultad de Filosofía y Letras. Tomaba la materia de Literatura Indígena y Medieval con María Andueza, una española que tuvo a bien insistir en que se viera en la licenciatura de Letras Hispánicas la literatura de nuestras culturas originarias. Un día, justo en su clase, un grupo de estudiantes vinieron a “abrirnos los ojos” para que nos anduviéramos con tiento, nosotros los de letras, al decidir como nombrar a lo ocurrido hace quinientos años, “...cuando los Españoles vinieron a aplastar e imponer su cultura”.
Andueza abrió los ojos como platos, pero no dijo nada hasta que estos audaces, estudiantes salieron del salón. Entonces comentó: “Los Árabes conquistaron España y se quedaron por mucho tiempo, pero a demás de mancillar nuestra cultura, como lo hacía cualquier conquistador que se preciara de serlo en ese tiempo, nos heredaron muchas cosas valiosas”. No entendió que nuestro rancio y pueril resentimiento está enraizado en la ignorancia de las raíces que tanto defendemos.
Volviendo a Madrid, debo decir que nuestra Ciudad de los Palacios tiene fuertes ecos de ésta en sus viejos edificios de cantera y tezontle, su enorme plaza de toros, su bosque con lago, y sus populosos y bastos mercados. Mientras veíamos el video, Lénica, mi hija, me dijo: “ Es igualito, mamá”. Yo no diría igual, pero muy parecido. Digo, no tenemos una Puerta de Alcalá, ni un mercado de Atocha, ni una estación del metro “Sol”, ni un Museo del Prado ni Reina Sofía.
Nunca he estado en Madrid, pero me encantaría hacerlo. Estuve una semana en Barcelona, así que anduve en el amerengado parque Guel diseñado por Gaudí, caminé a lo largo y ancho de una rambla, visité el puerto y las fuentes que bailan al compás de la música y los colores. Recuerdo muy bien la palabra “Rebaxas” en los aparadores de las tiendas y que había bancos BBV en cada esquina, por si dudábamos del neocolonialismo.
Es curioso, me sentí más insegura ahí que en París. Un día, un enorme tipo pasó tan rápido que me golpeó el brazo e hizo que se me callera la bolsa que llevaba en las manos. Me miró marcadamente hacia abajo, sonrío malévolamente y , sin decir nada, siguió su camino. Yo, entonces pensé, sé que tienen un fuerte problema de desempleo; que les cuesta un ojo de la cara ser parte de la comunidad europea y tener como moneda al euro; que su sistema gubernamental de apoyo a los ancianos, drogadictos y gente sin casa es ejemplo a seguir, pero que les significa un costo muy alto; que los catalanes al igual que los vascos quieren formar países independientes de España, lo que los lleva ante los oídos sordos de la federación y la incapacidad de las palabras de ambos, a recurrir a actos violentos y desesperados.
Así frente a este panorama, una mexicana que suponen viene a arrebatarles el trabajo y a aceptar la mitad de lo que ellos cobrarían, resulta una enemiga en potencia. Y bueno, mi estatura y mi color delataban sin pudor mi origen amenazadoramente latino y pobre. No iba a colgarme en el pecho un letrero que dijera “Profesora universitaria, no tan pobre, pues puede darse el lujo de su vida saltando el charco para simplemente conocer el viejo continente”. Además de este incidente, neceé sobre que no hay más Mérida que la de Yucatán y en resistirme a tomar el agua que hay en los bebederos de las calles y de la llave.
Termino con algunas estrofas de la melancólica canción ”Pongamos que hablo de Madrid” de mi queridísimo Joaquín Sabina que da cuenta panorámicamente de lo que es el pan de todos los días por allá:
Las niñas ya no quieren ser princesas
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra
Pongamos que hablo de Madrid
Los pájaros visitan al psiquiatra
Las estrellas se olvidan de salir
La muerte pasa en ambulancias blancas
Pongamos que hablo de Madrid
El sol es una estufa de butano
La vida es siempre un metro apunto de partir
Hay una jeringuilla en el lavabo
Pongamos que hablo de Madrid
