Sábado 15 de mayo
Viajar a Atenas, la ciudad consagrada a la diosa de la sabiduría Atenea, para embelesarme con su cultura clásica y andar entre sus calles que suben y bajan, tomar su moderno metro, subir con vértigo el funicular de Likabeto, caminar por sus arbolados jardines, estar en su multifacética Plaza Syntagma, entrar en sus ortodoxas iglesias, deambular por su alegre mercado de pescados, admirar su emérita universidad y su riquísima biblioteca, recorrer detenidamente su Museo arqueológico de Monastiraky y saciar mi apetito en sus restaurantes y cafés, parece una idea extrema ahora que su economía se viene abajo y los griegos, en su desesperación, se defienden lanzando bombas molotov, incendiando bancos y yéndoseles encima a los policías que guardan el orden institucional y material.
Las fotos en primera plana de la Jornada , con las que amanecimos después de un largo puente, el jueves 6 de mayo, son muestras de lo anterior. A propósito, pregunta Enrique Semo desde su columna semanal en La Jornada del 11 de mayo 2010, www.jornada.unam.mx/2010/05/11/index.php?section=opinion...usg..., “¿Por qué se rebela la gente?” y responde, abreviando, con la simple y compleja ecuación de “modernización desde arriba = Revolución Social”. Así mientras que a la economía griega, la Comunidad Europea le aplica desde arriba fuerte “morfina” para que se aplaque y no contagie a sus vecinas, el presidente griego Karolos Papulias anuncia, para los de abajo, impuestos, recortes y despidos, con la finalidad de saldar una deuda que se fue al cielo y se irá al espacio con el “rescate”.
José Blanco, por su parte, dice en su artículo “Declive de Europa” (Idem, www.jornada.unam.mx/2010/05/11/index.php?section=opinion&article...): “El capitalismo global pone a Grecia frente a una alternativa infernal: el ajuste que le impondrán provocará sufrimiento social profundo, pero si las masas arman un movimiento capaz de echar abajo gobierno y ajuste, las cosas para Grecia irán aún peor”. Ante tal panorama, unos más que otros, en los Barrios elegantes Kolinaki y en barrios populares de Etzirry y Gasu probarán en distintas dosis la amargura de la crisis.
Ante este mundo del revés, donde se corre a darle primeros auxilios a una maltrecha economía y se desahucia a la sociedad herida por la corrupción y la desigualdad abismal, por mencionar sólo dos de los múltiples factores que la aquejan, yo debería conformarme con ver a la Grecia clásica y moderna desde el mullido sillón de mi sala y desde la gran pantalla plana que me ofrece vista aérea de los principales sitios, maquetas virtuales de los templos, Close up de las más destacadas piezas de los museos y un desplazamiento cercano a la teletransportación sin sudar la gota gorda. Todo, en una película de alta definición, sin el molesto calor y el cansancio propio de subir cuestas con mala condición física; sin el estrés de hacer y deshacer maletas; sin la impotencia por desconocer el idioma para pedir lo básico; sin cambiar mi pauperizada moneda frente a un inflado euro que, hoy por hoy, está en 16.56 pesos, y, sobre todo, sin el miedo a que una bomba molotov me asfixie o que en una de esas me quede varada en medio de una revolución.
Viajar o no viajar, esa es la cuestión. Entonces viajar y no sólo con los ojos, sino con los cinco sentidos. Hace ya tres años estuve, por primera vez en Europa, en la fascinante ciudad luz, París, la tierra de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Embelesada no me moví de ahí, sino a regañadientes para ir a Barcelona. Entonces, me negué rotundamente a ir a Grecia, porque tenía tres meses de embarazo, las noticias reportaban un calor abrazador que incendiaba sus montes y me parecía muy costoso, a pesar de que el euro estaba en no más de 13 pesos. Hoy desde América, desde México, desde el Distrito Federal, desearía ir a Grecia con todos mis sentidos para comer sus exquisitos y frescos mariscos; oler la brisa salada frente al puerto Pireo; sentir la energía que emanan sus ruinas al tacto; escuchar los particulares sonidos de las mandolinas y los “upas” de la alegre música griega; ver los juegos de la luz del sol al entrar a través de los vitrales de la Kapnikarea, la más antigua de las iglesias, y observar al fornido Poseidón que mira extasiado al mar desde la cúspide de su templo. El extremo y gratificante, sin lugar a dudas, gusto de viajar a la Grecia clásica el próximo verano 2010, durante 14 días, cuesta la módica cantidad de 2,299 euros por persona; claro, más gastos en comidas y cenas, paseos no incluidos, propinas... Detalles
http://www.viajesakropolis.com.mx/.
Me resigno a postergarlo, pues aunque empeñáramos nuestras almas a Bancomer, no creo que en dos meses mejore la situación de Grecia. Será mejor planear este viaje para dentro de un par de años, cuando la cuna de la sociedad occidental haya resurgido como el fénix de sus cenizas y nosotros tengamos suficientemente llenos nuestros cochinitos y podamos ir con el alma completa. Por lo pronto, no voy a negar que las imágenes que salen de la pantalla le hacen justicia, a su manera, a la Atenas que antes de nuestra era se configuró como ciudad en el lejano siglo VII, mientras que para el IV tuvo un gran esplendor con Pericles, quien fomentó extraordinariamente la cultura al construir el Partenón, el Creteo y el templo de Atenas en la Acrópolis. Le hacen justicia, también, a la Atenas donde habitaron, en el siglo IV y V, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristóteles y Platón, por mencionar algunos de los dramaturgos y filósofos más importantes de entonces y de todos los tiempos, a cuya obra estamos gustosamente obligados a recurrir y hacer referencia si queremos coger el hilo de la madeja de la cultura, la política, la filosofía, la ciencia y todo lo occidental. Le hacen justicia, a demás, a la Atenas cuya lenta caída comenzó en el 146 a.C, cuando fue conquistada por Roma y los antiguos templos devinieron en iglesias, y a la que tristemente, en 1451 de nuestra era, fue conquistada por Turquía. Finalmente , a la que logró su independencia en 1833 con la ayuda, como olvidarlo, de valerosos literatos románticos que se jugaron la vida por defender a los herederos directos del mundo clásico. Uno de ellos, Lord Byron.
Mi amorosa relación con Grecia, debo decir, se ha visto incrementada, como es notorio, por el apasionado estudio de mi esposo por las Letras Clásicas. Cientos de sus libros en griego y latín, así como versiones bilingües y traducciones de autores grecolatinos, y docenas de películas y música que aluden a la Grecia clásica, rodean las paredes de nuestra casa de piso a techo. Tengo al alcance de la mano el principio de los hilos de la madeja de la cultura occidental y una fuente viva, que en general, contesta gustosa a mis preguntas. Incluso, en el corazón de la Condesa, frente al arbolado camellón de Alfonso Reyes, entre las calles de Cuautla y Cuernavaca, celebramos nuestro matrimonio civil en el bonito restaurante griego “Agapi mu”, que significa “Amado mio”. Una visita virtual en
http://www.agapimu.com.mx/.
¿Por qué no fui entonces a Grecia y ahora deseo hacerlo? No sé a ciencia cierta, pero algunas pistas saqué de lectura de una recomendación de mi analista, la cual devoré vía electrónica y a continuación sintetizo: En una carta a Romain Roland, en 1936, Sigmundo Freud, quien entonces por su vejez dependía ya de la indulgencia de los otros y no viajaba más, hace de la anécdota de su visita a Atenas en 1904, un análisis minucioso y revelador. Le cuenta su molesta indecisión de ir o no ir, su pesimismo sobre los obstáculos para llegar e incluso las extrañas palabras que pronunció al estar frente a la Acrópolis: «¡De modo que todo esto realmente existe tal como lo hemos aprendido en el colegio!»
En resumen y mi comprensión lectora no me traiciona, la frase denota que parecería que una parte de la psique necesitara pruebas de la realidad, es decir tuviera como máxima “hasta no ver, no creer”, y a otra le bastara con saberlo para creerlo, y finalmente que la indecisión y el pesimismo, que malograron el placer de su viaje, se debieron al soterrado sentimiento de culpabilidad de llegar más lejos que su padre.